Relato más o menos aparte del cómic, pq el guionista no está de acuerdo, pero a mí me entró la neura de las amantes lésbicas sádicas y tuve que escribirlo. ¡Cosas que pasan!La primera vez que la vi la deseé. Siempre he buscado la delicia, el exotismo, la variedad. Me considero una
gourmet del placer y las mujeres, y en mis gustos no cabe la vulgaridad. No es de extrañar que viendo a aquella pequeña muchacha, delgada y ardiente, sintiese de nuevo un estremecimiento de intriga e interés. Era valiente, era apasionada, era hermosa de la forma más extraña que jamás haya visto. Tenía que ser mía.

Cuando estuve en su presencia, me sorprendió lo bajita que era. Su madre es una criatura gigantesca y temible, mientras que ella apenas era más alta que mi barbilla. Me miraba, evaluándome con sus ojos verdes, halagándome y luego rechazándome, con perfecta cortesía pero abrumadora sinceridad. Se atrevía a intentar jugar conmigo, con mis gustos, me desafiaba a mi propio juego. Intenté que cayera en mi hechizo y, por primera vez en siglos, fracasé. Mi interés se avivó aún más.
Le dejé pistas, la obligué a dividir fuerzas. Ella debería haber caído en la trampa con sencillez. Cuando la vi entrar creí que así era: estaba agotada, cojeaba, un brazo colgaba a su espalda, inútil. Estaba abrumadoramente bella.
No debería haberme podido herir. No debería haber estado a punto de matarme. No debería haber destruido a tantas de las mías.
Por un momento fue mía. Estaba indefensa, herida, con la muñeca rota, el codo lesionado, impotente, como yo la deseaba. Pensaba en todos los placeres y sufrimientos a los que la sometería. Ella sabía que iba a morir pero no sin que antes me cobrase mi premio y me miraba, con indiferencia en la mirada. No me odiaba por lo que le había hecho a ella, sino por lo que le había hecho a su familia, por haber amenazado a los suyos, por la muerte de una de sus muñecas. Curiosa criatura. Me gustaría saber cuánto tiempo me hubiese llevado hacerla aullar de dolor y éxtasis, ahí en el suelo, entre mis brazos. Ella apretaba los dientes mientras le levantaba la falda y la descubría. Impotente. Herida. Hermosa. Mía.

Y entonces llegó la agonía. Para mí, no para ella. Me retorcí en su repugnante trampa. Me rebajé a pedir ayuda. Ella tomó una daga y se dispuso a acabar conmigo. Vi mi fin en sus ojos, esos ojos verdes que parecían devorarme con rabia, odio, pasión. La misma pasión que yo había anhelado me iba ahora a destruir. Pese a sus heridas me apuñaló salvajemente. Su rostro era una máscara de furia helada y vengativa. Tuve miedo.
En mi palacio las horas pasan. Estoy segura aquí, y puedo pensar con frialdad. Puedo odiarla por no sentir la punzada de la compasión. Se detuvo por la lógica, porque me necesitaba. Y voy a darle mi apoyo, porque me perdonó, no por bondad, sino porque es un monstruo tan terrible o más que su madre, aunque su mirada sea brillante e inocente, aunque aún el mundo no la haya manchado. Veo en ella posibilidades. Quiero que su propia crueldad sin mesura la desespere tanto como, por un momento, me desesperó a mí.
Recuerdo su piel morena, sus piernas musculosas de amazona, su rostro salvaje de animal demasiado anguloso para que los ignorantes la consideren bella. La detesto. Quiero matarla, poseerla, destruirla, temerla, adorarla. Quiero sumirla en la impotencia. Quiero borrar la indiferencia de su mirada. Quiero hacerla mía, implacablemente, noche tras noche, hasta el agotamiento. Quiero olvidar el miedo. Me ha humillado, y ahora haré cualquier cosa por ella, porque pudo aniquilarme y no lo hizo. Porque la odio. Porque la admiro. Porque la desprecio. Porque la deseo. Porque me repele. Porque me ha vencido, y nunca podré perdonárselo, pero ese fue nuestro trato…
Porque no me la puedo quitar de la cabeza.
Me pregunto si esto es lo que sienten los otros enamorados.